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La genialidad expuesta con devoción humana y no por epifanía celestial...

Miércoles, 26 Agosto 2015 00:00 Publicado por en Escultura

Esa emoción de Miguel Ángel

Nunca antes se había definido tan bien un sentimiento, una emoción que nos identifique y subyugue, que nos haga caer arrodillados, humillados, pero arropados por esas sensaciones de gratitud o mejor dicho de descanso, de alivio por quitarnos la culpa, los pecados de encima, porque no fue nuestra culpa, nunca lo fue. Las circunstancias y acciones que se desataron hace siglos fueron se propiciaron por la necesidad de cambiar estructuras, de cambiar de una época a otra, y todo eso paso como si hubiera un script ya hecho, determinado por otras razas que quisieron ver qué pasaba con un experimento social (esos tan de moda, pero que llevamos miles de años haciéndolos de manera inconsciente) o de dioses furibundos para recordarnos de la fragilidad de nuestro raciocinio.

 Y esto nos lleva de vuelta a los nervios eléctricos que recorren nuestro cuerpo, los que son los verdaderos causantes de los malestares, de las euforias que componen ese sistema nervioso y al observar las líneas que integran al granito, las cinceladas que fueron dando forma a una obra que no solo se puede considerar como maestra, sino propia de nuestra humanidad; por lo que transmite, por lo que nos representa, por concepción propia y no. Cada centímetro fue pensado con infinita emoción, cada golpe fue exacto para reproducir el perfecto espejo, para observar nuestros peores defectos, pero que ensanchan nuestras virtudes, porque somos una dualidad bipolar, caemos en excesos que pueden parecer inapropiados, pero al final de cualquiera de ellos, sacamos las mejores expresiones de dolor y alegrías; volviéndonos los viejos mitos, los antiguos héroes de las mitologías.

Ya que al ver a la imagen, vemos su desnudez físico, pero más el que está en los pensamientos, en los deseos e instintos básicos que aun llevamos en los genes; los ropajes solo son un mero pretexto para cubrir púdicamente las impurezas del alma, del ingenio y del posible monstruo que habita en los recónditos escondites del espíritu. Las facciones moldeadas son las que enseñamos por los siglos, en cada habitante, de cada población, sin importar donde estés, a que sociedad pertenece o en qué región habitas, puede ser desierto, nieve, llano o una desquiciada ciudad.

La mirada es propia de la naturaleza de una mujer, esa que nos han mostrado en pinturas, en canciones y escritos, pero tristemente es la que nos han enseñado a replicar con nuestras acciones, con los motivos que copiamos de generación en generación. Pero aun cuando reconocemos esto, nos sublimamos, porque puede ser nuestra madre, hermana, esposa o amante; la congénere que nos ha acompañado desde el principio del tiempo, cuando todavía éramos  órganos unicelulares, porque al pasar a la mitosis es cuando surgió la que procrea, la que encanta, ama y fornica cada vez que lo desea (así debe ser en la teoría y práctica, no una imposición por simple orgullo machista).

El abrazo, el recogimiento de las manos y del alma, muestran el regocijo del arrebato, el inevitable sacrificio, el paso de solo ser un simple hombre a un dios, lo que lo convirtió, aunque no lo creía así (ni lo deseaba), en el responsable de millones de vidas, de mentes y decisiones políticas, más que religiosas, ya que lo material, lúdico y lo tangible es lo que importa. Por eso vemos a caído, al elegido, con una cara de sufrimiento que no cabe en sí y en un estado de postración, se puede entender que hay una alegría inmensa en ese triunfo ensangrentado, en esa mascarada final.

Nada de esto se entendería sin las pruebas que fueron dejándose a la vista de todos, cada recorte, paginas sueltas, pinturas, tratados enciclopédicos y esculturas de todo tipo de material. Ningún estudio seria competente sin esas pruebas, sin esas creaciones artísticas; todas esas ideas, esas ilusiones de un paraíso, son plasmadas con quirúrgica inserción, pero lo mejor de todo es que todo el esfuerzo fue hecho con amor, un inmenso amor por su trabajo, por su inspiración, por la perfección de sus trazos,  por el arte que hacía, y en últimas instancias por su Fé y también por la paga, esa que distribuían sus mecenas sin dilatación, con la lógica de que les gustara y quedara terminado.

Pero fue tanta su interpretación que se dice, gritaba “¡habla…habla por favor!”, fue tanta su pasión por su obra, que se eligió el mejor nombre a la misma, a esa emoción que hemos descrito, tan propia de nosotros, que nos define y nos sentencia: La Piedad.

  

 

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Autor

Ocioltura

Ateo y loco de nacimiento, creativo en profesión y programador por accidente, fanático de las películas de terror, sociopata musical de Armando Palomas e Iván García, de reciente manufactura en el mundo de la fotografía.

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