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El azaroso final de Benito Pérez Galdós

Considerado uno de los novelistas más sobresalientes de la literatura española, Benito Pérez Galdós fue un hombre cordial, liberal, laico y un republicano amigo de conservadores y progresistas. Pero sus últimos años los pasó enfermo y acuciado por problemas económicos.

El 4 de enero de 1920, el escritor Benito Pérez Galdós moría en Madrid a consecuencia de la mala salud que arrastraba tras sufrir en 1905 una hemiplegia. El creador de obras tan emblemáticas como Doña Perfecta, La dama desheredada, Fortunata y Jacinta o los Episodios Nacionales, académico de la Lengua desde 1897 y candidato al Premio Nobel de Literatura en 1912, había sido operado de cataratas dos veces, en 1911 y 1912. Un año después, y a consecuencia muy posiblemente de una sífilis terciaria, perdió la vista, a lo que se añadió arterioesclerosis e hipertensión.

Un año antes de su fallecimiento, el escritor canario de 76 años aceptó que se le hiciera una escultura para reconocer sus éxitos. El día que se inauguró su estatua en el madrileño parque del Retiro, Galdós pidió que le alzaran para que pudiera palpar la obra, y al comprobar la fidelidad con que la habían creado lloró de emoción.

El periodista y colaborador del diario ABC y de la revista Blanco y Negro Marcelino Zurita afirmó que el escritor vivía en la habitación de un hotel de un sobrino suyo, José Hurtado de Mendoza. Pobre, enfermo y en soledad, Pérez Galdós, un genio de la literatura realista del siglo XIX, llegó a decir: «Mientras más libros vendo, menos dinero gano. Voy a ser el único editor que se haya arruinado a fuerza de vender muchas ediciones».

Galdós fue un hombre solitario y tímido, que en las tertulias y en el Parlamento hablaba muy poco, pero escuchaba mucho. A pesar de que en sus memorias, Pérez Galdós no hace alusión alguna a que hubiera una mujer en su vida, y, a pesar de ser un hombre enamoradizo, siempre rechazó el compromiso. Pero quienes lo conocieron bien, hablaron del primer y único amor del escritor: una prima suya cubana llamada María Josefa Washington Galdós Tate, más conocida por Sisita, un amor que lo marcaría de por vida. Cuando la madre del joven, doña Dolores, se dio cuenta del enamoramiento y de los efectos que provocaba en el joven Benito, lo envió a Madrid nada más terminar el bachillerato, en 1862, para que estudiara Derecho y, de paso, para que se alejara de Sisita.

La decisión de su madre causó a Galdós una amargura que le duraría muchos años. El autor confesó más tarde: «Al llegar a Madrid estuve algún tiempo atortolado, sin saber qué dirección tomar, bastante desanimado y triste».

Galdós nunca se casó, pero tuvo relaciones estables con varias mujeres: Concha-Ruth Morell, Lorenza Cobián, Teodosia Gandarias… Pero hubo una mujer en su vida con la que mantuvo una relación más que especial, y ésta sería la escritora gallega Emila Pardo Bazán, una mujer decidida, apasionada, inteligente, trabajadora e impulsiva, conocida tanto por sus éxitos literario como por su intensa vida amorosa. Se cuenta que con motivo de la presentación de una novela rusa, doña Emilia dio una conferencia en la que en primera fila se encontraba Benito Pérez Galdós, que la escuchaba maravillado. Lo de la aristócrata gallega empezó como un acto de admiración hacia el escritor canario, admiración que desembocaría en una pasión desmedida que se puede seguir a través de las cartas que, desde 1881, se enviaron (93 por parte de ella por una sola de él).

GALDÓS, LA OBSESIÓN DE EMILIA PARDO BAZÁN

La evolución sentimental de doña Emilia se reflejó en las cartas que se cruzaban: «mi siempre amado», «mi almita», «miquiño mío», «monín» o «pánfilo de mi corazón» fueron algunas de las formas en que le llamaba.

Se veían, a escondidas, en la madrileña calle de la Palma (la llama, en broma, Palmstrasse), junto a la iglesia de las Maravillas («Maravillas Church»). Uno de los episodios más pintorescos de la relación es el que tuvo lugar durante un paseo nocturno, en coche de caballos, y que concluyó con un arrebato de pasión: «Me río con el episodio de aquella prenda íntima. ¿Qué habrá dicho el guarda de la Castellana al recogerla?», doña Emilia, al parecer, se pregunta por una prenda íntima que perdió esa noche.

Pero Emilia Pardo Bazán no fue fiel a Galdós. Son conocidos sus affaires con el escritor y abogado Narcís Oller y con el empresario Lázaro Galdiano, episodios que ella calificaría más tarde como «un error momentáneo de los sentidos, fruto de las circunstancias imprevistas». Aun así, estas infidelidades afectaron mucho a Galdós, y lo reflejaría en su obras La incógnita y Realidad.

SUS ÚLTIMOS AÑOS Y LA POLÍTICA

Los últimos años de Galdós estuvieron marcados por su pérdida de visión (hasta quedarse completamente ciego), ypor sus problemas económicos. También tuvo tiempo para compaginar sus actividades en la política y en la dramaturgia. Como representante del partido republicano, Galdós fue elegido representante de las cortes por Madrid en 1907. Junto a Pablo Iglesias (el fundador del Partido Socialista Obrero Español) presidió en 1909 una coalición republicano-socialista, aunque al final Galdós, que «no se sentía político», se apartó pronto de las luchas «por el acta y la farsa», encaminando sus debilitadas fuerzas a la novela y el teatro.

En 1914, incluso estando enfermo y ciego, Galdós ganó su candidatura como diputado republicano por Las Palmas de Gran Canaria. Este hecho coincidió con la creación en 1914 de la Junta Nacional de Homenaje a Pérez Galdós integrada por ilustres personajes, entre escritores, políticos y aristócratas, como Eduardo Dato, José de Echegaray, el conde de Romanones, Jacinto Benavente, Mariano de Cavia… Esta iniciativa tenía como objetivo recaudar fondos para ayudar a la maltrecha economía del famoso escritor.

El homenaje tuvo lugar el 11 de marzo de 1914. Pero la iniciativa también tuvo detractores, como el periodista José María Carretero Novillo, más conocido como «el Caballero Audaz», que protestó por la hipocresía de los poderosos en la organización de este tipo de actos.

Considerado como uno de los grandes novelistas españoles de todos los tiempos, en la madrugada del 4 de enero de 1920, el silencio que inundaba la casa de Pérez Galdós se vio súbitamente roto por un grito de dolor procedente del dormitorio del ilustre escritor. Los familiares que le acompañaban, al escuchar el lastimero quejido corrieron hacia su habitación, donde Galdós se llevaba las manos al cuello e intentaba incorporarse. Tras un breve intento, cayó sobre la cama donde poco después falleció. El mismo día de su muerte, el poeta Marcos Rafael Blanco Belmonte escribía en ABC sobre la modestia de Galdós: «Era una maravilla contemplar la naturalidad con que el maestro, ya en la senectud, esquivaba resueltamente aceptar el grandioso homenaje que intentaron tributarle muchos admiradores».

Autor Josep Gavaldà para historia.nationalgeographic.com.es

Creado por Invidente Zurdo