in

Recuerdos de una memoria prestada…

Antes del tiempo de la barra de los efluvios instantáneos.

Ella la espera.

De la colección: Anécdotas sin ton ni son…

No hace mucho tiempo, pasé unas, mmm…”vacaciones” por así decirlo, en la Riviera maya. A decir verdad, fue más un alucine, todavía sigo pensando que fui abducido y me implantaron recuerdos de otra persona. De alguien tóxico, no lo digo por su carácter, más bien, por su estado físico – químico – sanguíneo.

Dichos recuerdos son como un sueño nebuloso, una travesía astral, donde las manifestaciones del cuerpo parecen estar ausentes. No movimientos. No contactos. No lenguaje.

Deambule en ese estado, prestado, por Playa del Carmen. Noches de zozobra, donde aparecía en un expendio de venta de pollos, no recuerdo si crudos, vivos o asados. Solo sé que de ahí mitigaba el hambre atroz de una larga caminata por calles que nunca había visitado.

Sé que estuve por una semana, sé que la bebida de mierda de los 4 locos no faltaba. Sé que la importación parcera nunca faltó, y más porque hubo una noche de juerga, donde la boca se me enchueco. Pero culpo a las alienígenas que me secuestraron ya que me hicieron muchos experimentos psicológicos y psicotrópicos en mí.

Hubo ocasiones en que parlaba un idioma diferente al mío, algo venido de la digna república de la pizza, cosa nostra y cuna de Rómulo. La extraña aparición que me acompañaba, y parecía ser la fuente del origen idiomático, me balbuceaba de unas cadenas de oro, pero por más que miraba mis muñecas, tobillos o cuello, no me halle con ese refinado encadenamiento.

 Lo más tangible es que llevaba una mochila de equipaje, pero ésta desapareció, en un mal cruce de carretera. Ahí iban mis calzones favoritos, los de spider man, ¡qué poca madre! Eso provoco que tuviera que regresar a las extrañas calles, semioscuras, volteando a cada cuadra para ver que no estuviera ese mal tipo, uno vestido de negro… ¿o era negro de piel?

A pesar del miedo,  sumándole el cansancio de todos esos días, extraños. Encamine mis chanclas hacia una dirección que me dieron, y para ser pinchemente sincero, no recuerdo como lo obtuve. Quizás fue una llamada telefónica o por  alguna red social. Como haya sido, llegué a la casa de la amiga de una amiga. Una tal Lucía, que, con su vista me interrogo, pero eso no le impidió darme alojamiento. A lo mejor era el aspecto nauseabundo que cargaba. No ropa, no limpieza. Aun así, abrió las puertas del paraíso, ese que Milton destacaba para los afortunados, los que llegaban a las puertas del buen Pedro, anfitrión pedón.

Esa copia del génesis me otorgo vistas panorámicas de bellos serafines, hembras, en topless. Regadas estaban por todo el piso de la casa. Sólo portaban un diminuto calzón, que, junto con los adornos pectorales, de redondas monedas morenas, antojaban a una deslechada sin freno. Todavía hoy abuso de mis partes innobles, pensando en esa hermosa postal carnal.

Ahí estaba, parado, más bien, trabado, tanto por la emoción como de los residuos nasales que todavía contenían mis moquitos. Con paso tambaleante, cruce el umbral, con los ojos bien abiertos. Babeante. Y de repente, puta madre, una de esas bellas amazonas, se levanta con agilidad grácil que ya envidiarían los jaguares de las cercanas selvas. Se planta delante de mí, se restriega sus bellas ventanas del alma, bosteza y emite unos balbuceos ininteligibles.

En realidad si eran frases claras, pero la parte de mi cerebro que interpreta los signos vocales, no estaba carburando a la perfección. Se hizo realidad eso de las series animadas, donde salen esos globos donde se ven divertidas escenas. Donde hay un mono en un, valga la expresión, monociclo. Como sea, mi mente estaba volada, me imagino que por el exceso de sustancias secretadas por mi cuerpo y aquellas que llegaron como invitadas a la orgía intima del mismo.

Ella esbozo una reluciente sonrisa, donde su mazorca estaba más blanca que el alma de cualquier político. Fue electrizante. Unos segundos que me encandilaron a mil fantasías estúpidas. Hasta que volvió a pronunciar palabras:

  • ¿No quieres comer? – dijo la querubín.
  • Mmm, eh, no, sí, digo, por qué no – contesto la lastimera imitación de zombi que yo era.

Esa fue toda la plática, con una sutil gracia, da media vuelta y toma una playera que estaba botada en unos de los sillones, los cuales, sea dicho de paso, tenían ropa de diferentes tallas y géneros.  Al colocarse, parecía que estaba haciéndome un strip – tease muy, pero muy sensual. Obvio, no lo hizo, no fue intencional. Simplemente, su sensualidad es innata. No hay farsa, no es fingido, lo destella por todos sus poros e involuntariamente lo comparte con estúpidos bastardos como yo.

La seguí como un buen perro ovejero, se dirigía hacia eso que hace las partes de cocina. Y comento ésto porque solo había una barra larga donde estaban puros desechables: cucharas, tenedores, platos y los clásicos vasos rojos. ¡Ah! No olvidemos los pomos. Distintos destilados, mezcales, vodkas, whiskies y las infaltables chelas. No, no eran caguamones ni tampoco marcas nacionales, más bien, se orientaban a las importadas…y una que otra artesanal (la levedad de la pomposidad chelera).

De ahí en fuera, una pequeña mesa cuadrada, con sus respectivas sillas y un chingo de desorden, vasos por aquí y por allá, unas cajas de pizzas, bolsas de variadas botanas, improvisados ceniceros llenos de colillas y unos cuantos condones, al parecer usados. La neta, no me puse a revisar si estaban usados (puta envidia). Y algo que nunca falta en los depas de solteros, el bendito, sagrado y todopoderoso horno de microondas y su fiel compañero, el refri. Sin ellos, nos morimos de hambre, aunque estén vacíos.

Arriba del penúltimo mencionado, había unas mata hambres, fast food que es obligado elemento de cualquier despensa de jóvenes, las sopas instantáneas, pero mejor conocidas por la primera marca que hubo en este país, a la vez que lo acaparo: las Maruchan. Es ahí donde dirigió sus pasos la bella ninfa, tomo dos de esos empaques, les vertió agua de una botella, pero ésta, no contenía de la simple. Más bien era de la mineralizada. Una muy usual y comercial, la que se relacionaba con el buen Lord Peña (si no saben, no digan que chupan). ¡vaya combinación! Pero no me importó, comería heces fecales directas de su culo y aun así, iría al cielo.

Realizó la preparación con sumo cuidado, algo que sorprende, ya que cargaba una buena desvelada, así como otras fatigas, me imagino. Pero al carajo eso, esos tres minutos se me hicieron una eternidad y no, no caeré en cursilerías; ese tiempo lo ocupe para seguir recorriendo su espectacular cuerpo, y en ese transcurso, mi piel se erizaba, por mi cuerpo se sucedían descargas eléctricas, mi mente volaba en diversos episodios erótico – pornos y mi nepe se volvía a elevar sin tapujos.

Pero todo lo que inicia se acaba, la chica saco las maruchan y me entrego una con una gran sonrisa y agrego la última frase que escuche de ella en ese día:

“Aquí tienes mi nuevo amigo, una sopa gourmet que te quitará un poco la elevación que cargas. Hasta luego guapo”

Y allí me quedé, en una sola pieza, parado, en todos los sentidos, pero sintiéndome un gran idiota, por no saber que decir. Puta madre, ese mismo día me regresaba a mi ciudad de origen, donde la mochería e hipocresía reinan rampantemente al día, pero en las sombras, corren desnudos tras sus vicios y deliciosos pecados.

Chingue a su madre, mejor me fumo otro porro, total, ya se acerca el 4:20…

El pingüino quiere volar…

Agradecemos a Michel Espinosa alias “El Pingu”, quien amablemente nos hizo el préstamo de esas distorsionadas memorias, vivas por cierto, afortunadamente…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cargando…

0

Comentarios

0 comentarios

Invidente Zurdo

Escrito por Invidente Zurdo

Los tesoros del Museo Amparo: Perra con Mazorca

McCarthy’s y la, aparente, falta de empatía con sus empleados.