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ELLA – VENGANZA

PROLOGO

Y cuando Eva destapó el pomo de los hechizos, nos trajo a la realidad, eso nos hizo libres y sin restricciones. Luego vino el sentimiento de culpa por toda esa libertad corporal, espiritual y mental. Pero ¿quién provocó esta regresión? Pues fue el padre, aquél que ha estado desde el principio de todo, en ese paraíso muerto, sin mayor obligación que gozarla.

Obviamente al sentir vergüenza de si mismo y queriendo volver al seno del señor, elaboró el plan más simple, vil y evasivo: culpar a la madre, a la primigenia, Ella, que llegó antes que ese susodicho creador. Ella es Sabia desde el principio, supo colocar cada cosa en su lugar, dando la justa función a cada cual.

Sin lamentaciones, ya que estructuro el orden en un caos dirigido. Administrando la energía como el mejor de los regalos, ya que no pierde tiempo en ambigüedades, puesto que el instinto está a flor de piel. Ya que todos los seres solo responden a sus necesidades, en el caso del mono pensante con sentido.

¡¿No lo alcanza a ver ese pseudo padre?! No quiere desde que tiene uso de razón, quien dice tener, supuestamente, una inteligencia superior a todo, pero nunca sobre la Madre, nunca sobre su raíz más viva, más que el verbo hecho carne. Más que las 773, 746 palabras del instructivo cristiano para adoctrinar…

EL INICIO

La mujer tiene los ojos desorbitados, su vestimenta realza más está característica. Vestido negro liso, la parte baja es de vuelo ancho, en la parte superior tiene mangas largas y amplias. Todo esto le da libertad de movimientos. En una de sus manos, la derecha, blande un puñal de cazador de doble filo, aserrado en uno de ellos. En su siniestra, un martillo común y corriente. Parecen dos armas simples, pero con la determinación de esta dama, son dos artículos letales en gran medida.

En la esquina de la habitación donde se encuentra – la cual es de medianas proporciones, rústica, pudiera parecer obra negra con piso sencillo, eso sí, éste es de madera para dar calor y descanso al dueño de tal cuarto –, en ese se puede observar un cuerpo, semi tendido, en el referido piso. Es el de un religioso, un cura católico, cristiano, apostólico y romano, para mejores señas; éste tiene su ropaje habitual y está postrado de rodillas, con las manos atadas hacia atrás, amarrado a un poste de madera que sirve como pilar, refuerzo del techo, con grandes vigas hechas de madera también.

Su rostro lo tiene inflamado en su totalidad, los ojos hinchados con el típico color morado. Los labios le cuelgan sangrantes, un perfecto colgajo. En ellos ya se está naciendo una costra, dando la impresión de que lleva rato siendo golpeado.

Tiene grandes manchas de sangre en su sotana, su alzacuello roto y sucio. El vientre del padrecito es abultado y fofo, descansa sobre sus muslos, en él, hay una abertura visible, lo que se figura como una operación hecha por un médico novato que estaba lleno de grandes cantidades de alcohol barato en sus venas. Supura sangre con un incipiente hedor en la herida. Se ve cansado más que adolorido, a veces está cabizbajo, otras no, pero no dice nada.

En un principio pedía clemencia, rezaba y finalmente pregunto el por qué. Mala idea, eso provoco más furia y sadismo de la fémina, ya que al principio solo era una andanada austera de golpes.

TRES HORAS ANTES.

  • ¡Maldito, maldito, todavía preguntas pedazo de mierda! – Al gritar esto, la mujer le jalaba los cabellos canosos del sacerdote, y lo hacía con mucha vehemencia. A la vez, rasgaba tela y piel del abdomen con la punta del cuchillo. Esa actividad lo hace de manera experta, lo que denota su perfil zurdo, ya que lo mueve sin errores.
  • ¡¿Te sorprende hijo de la gran puta?! ¿Te sorprende que lo haga tan fácil? ¡Ja, ja, ja, ja, pasé largos meses afilándolo, para que no sufras tanto, ja, ja, ja! – La risa, a pesar de contenerse, parece gozar con cada gemido, cada grito lastimoso.
  • En un principio pensé comprar uno de esos artilugios japoneses, los que anuncian en esos asquerosos infomerciales, ya sabes, los que pasan en la madrugada -. Los gimoteos del padre aumentan, lo que la enardece más.
  • ¡Pero que chingaos! No vales tanto para un gasto así, debes conformarte con esto y darme las gracias que tuve paciencia para afilarlo bien –. Mete un centímetro más y hace un corte hacia abajo, un par de centímetros más.
  • ¡Aggghhh! ¡Ya hija, por amor a dios! ¡Mátame ya! – El sujeto no aguanta la tortura.

Toc, toc, martillazos certeros a la rodilla derecha. Tac, tac, otros 2 a los muslos para ablandarlo y abatirlo más. La operación anterior se complementa con la acción anterior. Ya viéndolo acabado, como un piltrafa humana, aprovechando el desmayo, procede a suturar. Tal operación la realiza sin cuidado alguno, sabe que la herida no es profunda. Sangra profusamente, pero no metió más de 2 centímetros en esa nauseabunda panza.

El zurcido es sin ton ni son, parece que costura a un muñeco viejo, sin delicadeza alguna. Mejor, entre más sufra, más paga. A pesar de ello…

  • ¡Ay, ay! ¡por favor! Por tú vida, ten misericordia, ¡aggghhh! -. Ha despertado por las puntadas de una aguja gruesa y larga. Entre lamentos intenta moverse, pero el dolor y las ataduras se lo impiden. Es inútil todo esfuerzo, se lastima más. Muñecas, rodillas y vientre siguen propulsando sangre, manchando el impoluto piso.
  • ¡¿Ni te imaginas verdad?! – Pregunta la mujer.  ¿Creías qué ya lo habíamos olvidado? – Lanza un mandoble a las piernas. ¡Crack! Se escucha al tronar los huesos.
  • ¡Ooohhh! ¿Ya te hice dañoooo? Pero mi querido santo varón… apenas estoy empezando-. Suelta el martillo, se encamina a la cama que se halla en esa habitación, pegada a la pared derecha, encima de ésta, hay una serie de herramientas variadas, qué, a decir verdad, no son muchas, de 6 a 7 como más: un soplete, un serrucho, pinzas mecánicas, otras de electricista, un bote con clavos y algo parecido a un estilete.
  • Me parece ver que tienes las uñas muy largas, que pena y vergüenza para un hombre de tu rango. Con ellas me arañaste-. Se sube un poco la manga del brazo derecho, muestra un rasguño algo profuso y largo.
  • Sí que pusiste pasión celestial en este arañazo, ¡ja, ja, ja, ja! Me imagino que esperabas otro tipo de “pasión”, de estilo lujurioso -. Se baja la referida manga al mismo tiempo que agarra las pinzas eléctricas.
  • Dolerá un poco querido -. Sonríe mientras inicia su maniobra.
  • ¡Nooo! ¡Por Cristo noooo! – suplica el hombre. Inútilmente trata de voltear sus manos, pero los lazos son muy fuertes. Aparte, al estar detrás suyo, se le complican los movimientos y a Ella se le facilita. El dolor es tan intenso que no sabe de qué mano proviene, pulsante es éste, quema los sentidos también.
  • ¡¿Ah, quieres ver?! – pregunta la mujer, alza la herramienta que está usando en ese momento, en ésta, en medio de las puntas, se puede ver una uña goteando sangre.
  • Para que no se muera de curiosidad – con las manos simula hacer unas comillas, ganándole una risa fría y desquiciada – Es de su índice derecho, ese que tanto le gusta usar, que le da placer cuando lo mete aunque le supliquen que no lo haga… ¡maldito jijo puta! –

Toma otro dedo y hace rápida la operación.

  • Creo que ahora me gusta tú pulgar – Tira hacia la pinza, con sutileza y gracia, arrancando de tajo la otra uña.
  • ¿De verdad qué no sabes? Bueno, ya no importa, lo único que me interesa es que pagues tus pecados – el tono sigue careciendo de emotividad, quizás un poco de relajamiento, no más.

Se levanta, soltando su mano para dirigirse a la cama, parece dudar un momento, medita un instante sobre que otro artículo agarrar. Ya parada, observa, analizando el paso a dar a continuación. Sabe, que a pesar del tiempo, y del día que es – sábado, por si se lo están preguntando -, es de mañana, temprano, aún con esto, debe darse prisa.

No hay evento programado para el sitio donde se encuentra, un lugar que dice ser sagrado, impoluto a las bajas pasiones humanas. Como referencia, esta es una parroquia ubicada en la calle 43, sede de los santos oficios que pregona quien se halla atado. Es una avenida de una ciudad que dice ser fundada por ángeles, al menos eso registró un prócer de siglos anteriores. A lo mejor andaba bien briago y tuvo esas experiencias oníricas. Quizás fue el peyote robado a los originales de ese terruño. Nunca se sabe.

Este es un edificio no tan viejo como los del llamado centro histórico de esa angelical ciudad, con todo ello, data de los finales del siglo XIX, lo que lo dota de una arquitectura firme, emulando a los diseños de anteriores centurias. Sus paredes son gruesas, no dejan pasar los ruidos tan fácilmente. Igual, son habitaciones con techos altos, teniendo voluminosas vigas de madera a modo de soporte y adorno.

Pero aún así, los lamentos del sacerdote pueden escucharse si uno presta la debida atención. Puede ser fin de semana, pero al hombre del dios judío lo acompañan dos o tres personas más. Sus acólitos, compañeros de vejaciones, esos hombres. Hay una mujer en ese compacto grupo, que da la pinta de sacrificada y devota a las indicaciones cristianas; pero solo es la fachada. Por dentro es envidiosa de la libertad de otras mujeres. Se quema en su interior por desatar la lujuria por la vida, pero se contiene por no sentirse físicamente atractiva. Además, se le puede catalogar como la chismosa del barrio, así como una vil cómplice, ya que siempre supo de la mierda que allí se expele.

Ella – Venganza -, voltea hacia la esquina, ve al hombre con su ropaje oficial, celestial en las intenciones, pero solo es un disfraz para acometer sus verdaderos propósitos. Éste, el párroco – lobo, se vuelve a desmayar, cosa que le sorprende un poco, llenando su interior de punzadas cargadas de furia. Con esfuerzos, logra contenerse para no ensartarlo como un cerdo en matadero.

  • ¡Mejor, desgraciado hijo de tú puta madre! Así puedo salir un rato para medir las aguas, y si es necesario, calmar las sospechas por tú prolongada ausencia.

Se retira, sin antes colocar algunos clavos cerca de su víctima, a la vez, toma la mordaza que había dejado tirada cerca de la mesita de noche de la austera habitación, como se supone deben de ser los alojamientos de los sacerdotes. Coloca ese trapo sucio y mojado alrededor de la cabeza, a la altura de la boca. Aprieta fuertemente y crea un tapón, así no gritara tan fácil.

Pasados unos 15 minutos, Ella regresa, abre con cuidado. No ha encontrado a ninguno de sus compinches, pero eso no le impide cerrar la puerta despacio y antes de ello, atisbar por una rendija, que nadie pase o ver si alguien la ha seguido. Comprobado esto, asegura la entrada con gesto sonriente, aunque tiene los nervios de punta. No es tarea sencilla lo que está llevando a cabo.

  • Ya te despertare, en un ratito, no te preocupes tanto por las heridas, no se me olvidaron medicamentos de todo tipo para prolongar tú tratamiento. ¡Ah! Por cierto, también cuento con sustancias para que te relajes y estimulen. Suelta una sonora carcajada, la cual es vigorizante, despojada de inocencia, casi rayando en la demencia.

Eso fue hace tres horas. Es momento de volver a la realidad para ver que no hay un Milton que registre el sacrificio de un alma piadosa, perdida en sus orgasmos varoniles, pero santo al fin. Al menos eso piensa el susodicho que está atado a un poste, emulando a lo que ellos hacían en tiempos de la inquisición. No es un potro medieval en toda su extensión, pero basta para enloquecer a ese bastardo.

TIEMPO PRESENTE.

  • ¡¿Qué haces maldita zorra?! – Pregunta el prelado al sentir un líquido que le resbala por la cabeza, cayendo por nariz, ojos y boca, cubriendo gran parte del rostro.
  • ¡Puaff! ¡¿Qué mierda haces?! – Le vienen arqueadas al terminar la pregunta. Su visión es opaca, trata de buscar con la mirada a la mujer, pero las cuerdas se lo impiden, al igual que lo que se derrama por su cara. Las punzadas son otro impedimento que lo aqueja, sumándose a la poca movilidad que tiene en la parte superior de su cuerpo, principalmente su cabeza.
  • ¡¡Ah vaya!! Por fin le salió lo machito. Creí que alguien más le había quitado las bolas. ¿O eso paso en su reciente viaje al Vaticano? – Mientras comenta eso, Ella, empieza a descender de la silla alta que está colocada a un lado del poste donde se halla atado el padre y minutos antes la ocupo para subirse. Estira los músculos parándose sobre la silla. Baja de ella, al hacerlo, se agacha un poco para subirse su tanga sin molestarse en limpiarse la vagina. Se termina quitando el vestido.
  • Espero te haya gustado tú baño de orinas, ese que conoces como lluvia dorada, la verdad no me aguantaba las ganas de mearte y de paso, enseñarte cosas nuevas al catalogo pederasta que te sabes. No se me olvida el variado gusto sexual; todas esas aberraciones que prohíbes, pero bien que las practicas.

Limpia sus manos en un hábito blanco que cuelga de la pared junto a un pequeño altar dedicado a San Judas Tadeo.

– “¿Qué tengo en los ojos que puros pendejos veo?” – Piensa la mujer.

  • Como te decía, en oriente, específicamente los japoneses, le llaman lluvia amarilla o dorada, pero como sea, se supone que son los hombres quienes mean sobre la mujer, que dicho sea de paso, ésta debe de estar arrodillada, así, exactamente como ahora estás tú –.

Voltea a ver al cura con sus ojos negros bien abiertos, éstos figuran dos agujeros cavados en un cementerio, pero siempre hay un destello animal que asusta al hombre de la iglesia. Esto no implica algo sobrenatural, más bien es la determinación de hacer bien las cosas, aderezado con la máxima crueldad posible. Ha sacado el instinto animal que todos llevamos dentro, adormilado pero latente a exponerse. Sólo que Ella lo ha llevado al paroxismo, liberándose de la espiritualidad, de la condición humana de la misericordia.

  • Ya basta de rodeos y juegos tontos, es hora de acabar. A estas alturas debes de tener una idea de el por qué te has hecho merecedor de este castigo – Toma el martillo, los clavos y el soplete.
  • Es tiempo de cumplir ese sueño que tanto has anhelado, ser mártir de la santa iglesia católica romana y apostólica, así como hiciste de tú nieto un objeto sexual – Enciende el soplete…
  • ¡¿Qué dices bruja maldita?! Yo soy un santo varón desde hace 45 años, además me… me… me …- Balbucea el cura, con una mezcla de furia y miedo…
  • Me ordené a los 18 años, fui de los más jóvenes – El soplete está a lo que da. El calor que emana es insoportable. El olor también.

Ya no es un eclesiástico, se ha vuelto en alguien que ya no clama por su vida, sabe el resultado final de esta sesión, será sadomasoquista y con mucha agonía. Ruega por que haya rapidez en lo que venga a continuación. Esta consiente de que esta mujer no se detendrá y llegará hasta las últimas consecuencias.

  • ¡Sí! Yo soy la virgen María… – Avanza con sus preciadas herramientas de satisfacción. Se coloca a la altura de su prisionero, acuclillada, dirigiendo el soplete a la otra oreja, la derecha. Huele a carne asada., pero no de la que hace babear por un taco de Los Ángeles.
  • ¡¡¡Ayyyy!!! ¡¡¡Agghh!!! Pa… paddrrreeee… nuestro… qué estás en el cielo… ¡¡Ughhh!! – Le ha dado un golpe fuerte con la otra mano, la que sostiene el martillo. Justo en el estómago, doblándolo, en lo que cabe.
  • No necesitas de las dos orejas para que te enteres cual es tú árbol genealógico, que sepas cual es tú descendencia – Retira el soplete del oído, colocándolo en el piso junto con el martillo.
  • Hace 40 años violaste y torturaste por dos días a mi madre. Te aprovechaste del carácter de esta puta ciudad de mierda. Puritana y conservadora. Hiciste pasar como loca a mi mamá, nadie le hizo caso a los juramentos que ella hacía. Le decían la piruja joven de pueblo – Su susurro se eleva de tono, volviéndose en gritos. Despotrica tan fuerte que sale saliva de su boca, salpicando el rostro del cura.
  • De la porquería que le hiciste a mamá nació mi hermana, la cual nunca se enteró de su nefasto origen. Creció sin saber de su pasado, mamá le echo kilos al asunto y logro apoyarla para que se formara como una chica universitaria. Eso le dio oportunidad de trabajar como ejecutiva de una gran compañía alemana y allí conocer a uno de los directivos más atractivos, en todos los sentidos. Al casarse entro a lo que ustedes llaman la alta sociedad. Ya es parte de eso, gracias a la familia Mar… – Al terminar esa explicación le jala los cabellos tan fuerte que le arranca varios en su mano.
  • Ya sabes de quien estoy hablando. ¿Nunca notaste el parecido? ¡Si tiene casi tu misma cara apestosa! Pero creo que te distraías con su bello cuerpo, solo tenías ojos para comértela. La deseabas con ardor y sin pudor. Mi hermana se dio cuenta de ello. Pero como sabes, su esposo se metió a la política y ha logrado un hueso pesado en el gabinete del nuevo gober, ya es parte de la Fiscalía General, como segundo de esa cagada de dependencia. Por eso no te atreviste a invitarla a un encuentro religioso en tus aposentos, ¿verdad? Como sí lo hiciste conmigo, escoria de perro infernal. Veo que te preguntas como no te diste cuenta de nuestro parentesco. Soy hija de otro hombre, por lo tanto otro apellido y un físico, un tanto cuanto distinto – Se levanta y retrocede un poco para hacerse del martillo y los clavos.
  • ¡Oh! Estás haciendo cara de repugnancia, pero no la ponías cuando te cogías a tú propio nieto o a mí. Allí gemías como toro en celo, hasta te atragantabas con tus ansias. ¿Cómo lo sé? El chamaco salió inteligente y en uno de tus descansos, después de saciar tus pinches instintos, se puso a buscar entre tus cosas y encontró esos videos que tanto te gusta coleccionar y ¡Voila! El suyo era de los primeros. De ahí en adelante fue fácil. Me busco porque se siente sucio, confundido y maldito. Platicamos largo y tendido, me dijo de las múltiples violaciones que le acometiste, y no sólo eso, también de sus otros dos compañeritos, que ya no vienen a tus misas. Sin olvidar a aquél pobrecito que no aguanto y se colgó en su habitación. Ahí tienes un resumen de las puerqueces que has hecho estos últimos meses. No me imagino cuanta suciedad llevas en todos esos años de sacerdote, aunque no es difícil de adivinar.
  • Y sí, el niño Jor… es mi hijo, ¡tú nieto reverendo jijo de la chingada! – El padrecito no ve llegar el putazo que le acomoda con el martillo en el pecho.
  • Pero no te preocupes, no es incesto, el chamaco es de otro culero, maestro de la secundaria, que me enamoro y prometió ser su nueva esposa, y yo de pendeja que le creo. Acabé criando sola a ese escuincle. Y mira como son las cosas, pensé que las cosas habían cambiado en la pinche iglesia, pero no, sigue siendo la misma mamada ojete de siempre -.

Dicho lo anterior, rodea el cuerpo del padre, busca un ángulo que le ayude en su siguiente cometido. Al tenerlo, propina un certero martillazo en la nuca.  Con ello logra ponerlo inconsciente lo que le facilita desatarlo sin temor.

Lo recuesta boca arriba, extendiendo ambos brazos hacia los costados. Se ocupa de las maltrechas piernas estirándolas rectamente. La cabeza la pone de lado, donde está la oreja media quemada, la izquierda. Todo ese maneje lo hace con el afán de que siga escuchando.

Un rato después el sacerdote despierta, pero el mareo lo asalta de nuevo, así se da una secuencia por varios minutos, casi está a punto de desfallecer, pero antes de que eso suceda, Ella, saca un frasquito, el cual destapa, metiendo una llave para extraer su contenido. Éste es un polvo blanco.

  • Te voy a dar un poco de magia colombiana – Al hacer esto, alza la cabeza del tipo y le mete la llave por la nariz, para que aspire toda la cocaína que es buen guato, tanto que se riega un poco.
  • ¡Jálale maldito marrano! ¡Gózalo cabrón, para que vayas al cielo por un rato y luego bajes al infierno! – Pero no hay una reacción visible por parte de él.

Al notar esto, de sus ropas saca un popote recortado, introduce un lado en el frasco y el otro en su fosa nasal izquierda. Antes de ello, mete un trapo mojado con alcohol y otras sustancias a la boca del pobre diablo, le tapa la otra fosa junto con la boca y así se vea obligado a respirar, aspirando la coca sin dilatación.

  • ¡Mmm! ¡Qué envidia, le has dado un rico jalón! Te ha de saber delicioso, más porque es mi receta particular de coca, lleva otras cositas que animan a la gente – Vuelve a forzarlo a que siga aspirando más polvo.
  • Sólo te necesito por unos minutos más, ya casi acabamos – Le quita el frasco del rostro, guardándolo en el pantalón que trae bajo el amplio vestido. Después de eso, vuelve a tomar el martillo y uno de los clavos, uno de los grandes.

Se arrodilla junto a uno de sus brazos, comienza a martillar con enjundia; la palma izquierda es la sacrificada. Los golpes son fuertes, contundentes, para atravesar piel, carne, músculos y huesos. Brota un gran chorro de sangre, tanto que no se puede ver donde está la cabeza del clavo oxidado. Porque así es, no hay contemplaciones de colocar productos nuevos en una carne en plena putrefacción. Decadencia de alma y cuerpo.

La mano queda adherida a la madera y piso, no hay escapatoria. El proceso ya tiene progreso, con miras a convertir a un pecador en un santo.

  • ¡¿Duele, verdad que duele pedazo de cabrón, ja, ja, ja?! No te preocupes, esto será divertido. ¿Quién iba a pensar que este piso de madera me iba a resultar de utilidad?

Termina de golpear, verifica que esté bien clavado. Los gritos que salen de la garganta del padre son desaforados, parece un puerco en un rastro. Esto no le afecta a ella, es sabedora que no tardarán en escucharlos, lo que dará a pie a que se acerquen a averiguar; traten de verificar que ocurre en la habitación de este señor pusilánime. Más porque no son los gritos de placer que están acostumbrados a escuchar.

  • Grita lo que quieras, ya casi acaba tu suplicio -. Fiera mirada le lanza.

Continua con el otro brazo, realiza la misma operación con golpes rápidos y fulminantes. Después de ello, vuelve a tomar las dos piernas, las estira con fuerzas, coloca la derecha sobre la izquierda, como en un cruce de comodidad de descanso y relajación. A pesar de haber un intento de resistencia, la droga que circula en sus venas le da ventaja a Ella.

Las dos extremidades inferiores son cosa fácil, más para la intención que busca darle. Dobla un poco la derecha, a la altura del tobillo encimándolo sobre el empeine del pie izquierdo. Ya que halla la posición correcta, desde su punto de vista, atiza el primer chingadazo con el martillo. Demasiada potencia, la rabia que conlleva el golpe ha logrado penetrar ambos pies. Da otros dos frergadazos para asegurar la chamba y que el clavo – más bien podemos describir como estaca -, se incrusta en el piso de madera.

El señor Francisco de Paula, está tirado, asumiendo una posición que anhelaba en sus febriles fantasías, pero no en las circunstancias imperantes. Aun así, está en su propio calvario, formando una retorcida, pero bella cruz humana.

Es su crucifixión personal. No puede negar, que, bajo sus creencias y deseos, es un mártir, un hombre elevado a una, cuasi perfecto éxtasis religioso. Salvador de las penas de sus congéneres violadores de menores.

  • Siempre ha sido más fuerte tú perversión que tú capacidad para entender a las personas -.

Enciende el taladro, la broca gira a una velocidad infernal…

  • Nunca te fijas en los rostros, en sus preocupaciones, quejas, estrés o malestares espirituales. Mucho menos te angustias por el gran dolor que les provocas, al abusar de ellos, los niños, de nosotras, las mujeres… pero eso ya no importa… -.

No hay palabras entendibles por parte del santo señor. Sólo balbuceos ininteligibles emiten la hinchada boca del pastor de hombres.

Un ruido fuerte, toques duros e insistentes en la puerta, la cual ya está cediendo por los empujones. Ya casi. A fuerza de patadas y golpes con algo que supone un tipo de ariete improvisado. Los llamados al padre son insistentes, suplicantes…

  • ¡¡¿Qué pasa padre?!! ¿Se encuentre bien? ¡¡Conteste por favor!! ¡¡Por amor a DIOOOSSS!!

Ya es tarde, un taladro ha dejado de funcionar. Hay un tercer ojo en la frente del apostolado, que no deja de convulsionarse. Eso sí, no deja de sonreír por ser un elegido, por tener su propio martirio y santidad…

“De buenas intenciones está pavimentando el camino al infierno”

Fin

Mayo 10, 2013.

MenPal…

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Invidente Zurdo

Escrito por Invidente Zurdo

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