Como son los festejos de cumpleaños del Museo Amparo, que mejor que tirar la casa por la ventana y tener dos exposiciones a la vez, al menos en su presentación e inauguración, y las dos han hurgado en los sótanos de ese chingón recinto. Ya describimos uno, ahora vamos como gordita en tobogán para ver lo que hizo la muy chingona artista suiza, Fabienne Hess…
Esta exposición realizada en colaboración con Rafael Ortega, reúne la práctica de la artista Fabienne Hess en torno a la construcción de imágenes como tejidos de relaciones sensibles, donde lo visual no se presenta como algo fijo, sino como una superficie en constante transformación. Su trabajo se caracteriza por el uso de materiales textiles —en particular la seda— y por una atención al desvanecimiento, la fragilidad y la interdependencia entre imagen, soporte y espacio, entendiendo la representación como un proceso abierto que involucra tanto lo visible como lo que no se logra ver.

En este contexto, la exposición activa un diálogo entre las colecciones del Museo Amparo y las labores que sostienen su funcionamiento cotidiano —museografía, mantenimiento, administración, programas públicos, difusión, entre otras—, habitualmente invisibles en las salas, pero aquí integradas como parte del propio entramado expositivo. El trabajo del personal del Museo, que ocurre en talleres, oficinas, bóvedas, espacios educativos y expositivos, atraviesa ahora la experiencia de la galería y recorre sus muros, visibilizando aquello que normalmente permanece fuera del campo de visión.
Las imágenes impresas sobre seda transparente se integran de manera sutil al espacio, respondiendo a la luz, al movimiento y a la respiración del visitante. En algunos casos, estas sedas muestran escenas del propio personal del Museo en sus labores cotidianas, en otros, imágenes del archivo que pocas veces se presentan en las Salas de Exposiciones, se muestran dispuestas en un montaje denso que hace visible la mediación constante que sostiene la vida institucional del Museo. Mirar, en este contexto, implica reconocer conexiones múltiples y no lineales: como al levantar una red del río, la experiencia nunca se reduce a una sola imagen, sino a un entramado de relaciones que exige redistribuir la atención hacia el conjunto.

En el centro de la exposición, obras de la Colección del Amparo trazan la recurrencia de motivos como el fuego o las grecas a lo largo del tiempo y distintos contextos de la cultura mexicana, mientras que objetos del acervo dialogan con objetos cotidianos provenientes de las áreas administrativas, suspendiendo la distancia entre lo ordinario y lo patrimonial. En este cruce, el tiempo se convierte en el único factor de separación entre aquello que fue cotidiano y aquello que hoy es conservado.
Un elemento central de la muestra es el uso de seda deshilada, donde la trama se hace visible en su propio proceso de descomposición: los hilos sueltos generan zonas de pérdida, vacío y transformación que remiten tanto al deterioro como a la memoria material de los objetos. Sobre estas superficies se imprimen imágenes, como las de los exvotos con escenas de pérdida o agradecimiento, cuyas formas se desdibujan y se vuelven más legibles desde ángulos oblicuos o tangenciales, obligando a desplazar la posición habitual de la mirada. Así, lo pictórico retrocede y el protagonismo recae en el espacio entre los hilos: un territorio inestable donde el significado no se fija, sino que aparece y se desplaza continuamente dentro de los residuos de la trama.
Upa, se lee muy estremecedora esta exhibición hecha por dos sensibilidades que logran éxito en el mismo objetivo. Vayan a esta muestra, la cual, tiene vigencia hasta el 14 de septiembre de este mismo año…